¿Sabías que en Europa Occidental ha bajado la felicidad?
Sí. Lo has oído bien. Aunque su nivel de bienestar subjetivo sigue estando entre los más altos del mundo, en la mayor parte de estos países ha caído a lo largo de los últimos diez años. Y esta caída afecta sobre todo a los jóvenes. Lo dicen el Informe de Felicidad Mundial de la ONU y el European Social Survey.
De hecho, es posible que tu bienestar también haya bajado sin que te hayas dado cuenta.
Pero, ¿por qué?
En el Instituto del Bienestar hemos dedicado miles de horas a investigar qué mejora o empeora la felicidad de las personas y sociedades. Y por ello ahora te explicaré el porqué y el cómo puede revertirse esa tendencia negativa.
Una de las razones de esa reducción del bienestar en Europa Occidental, aunque no necesariamente la más importante, es que su poder adquisitivo está bastante estancado. Las generaciones anteriores vivieron con gran optimismo auténticos milagros económicos que trajeron importantes mejoras de la calidad de vida.
Sin embargo, hoy bastantes ven el futuro con pesimismo, sospechando que, por primera vez desde la Revolución Industrial, vivirán peor que sus padres. Se va extendiendo la idea de que su esfuerzo no se premiará con el tipo de vida que se merecen.
Escucha esto bien. Para que te hagas una idea, en la Zona Euro hemos pasado en los últimos veinte años de un PIB per cápita que representaba el ochenta por ciento del de Estados Unidos a uno que representa tan solo el sesenta y cinco por cien, aproximadamente.
Pero esto, ¿cómo es posible si antes éramos uno de los lugares más dinámicos del mundo?
Pues porque ya no estamos tan orientados a la generación de riqueza.
Por un lado, hay un gasto público mal gestionado. Tal vez no sea la causa principal, pero contribuye. ¿Quieres un ejemplo que indigna a bastantes? El malgasto en ayudas públicas para personas que pueden, pero no quieren trabajar, sino que prefieren vivir a costa de los demás.
Y los demás, los que tiran del carro mientras otros se tumban cómodamente en el mismo, tienen que trabajar de forma gratuita y forzosa durante parte de su tiempo para mantenerlos. Este régimen de esclavitud fiscal no representa una partida presupuestaria importante, pero genera sensación de injusticia y malestar.
A ese dinero añade otras partidas de malgasto, como subvencionar a medios de comunicación para controlarlos parcialmente, exceso de funcionarios poco productivos, de altos cargos, organismos y empresas públicas innecesarios. Y también están las subvenciones a asociaciones y fundaciones afines a los gobiernos.
Ahora detente un segundo y reflexiona sobre lo que te voy a decir. Sería mucho más efectivo dedicar ese dinero a fomentar la innovación, imitando programas exitosos como los de Israel, Suecia o Estados Unidos. Y también dedicar suficientes recursos para conseguir que haya el talento y sobre todo la financiación que necesitan las startups tecnológicas.
Pero si además de ello se introdujesen incentivos para que el capital privado invirtiese más en empresas de capital riesgo y en acciones, eso dispararía la creación y desarrollo de empresas innovadoras. Y lo más importante es que algunas crecerían y se acabarían convirtiendo en grandes unicornios que aportarían mucha riqueza y sueldos altos, como Google, Apple o Amazon.
Sin embargo, ¿sabías que las partidas en las que hay más gasto público son las pensiones y sanidad? Ello es debido al envejecimiento de la población, aumentando la esperanza de vida, pero no la edad de jubilación en la misma medida. ¿Y quién paga eso? Las generaciones más jóvenes, cada vez más exprimidas, en forma de menor poder adquisitivo, más impuestos y más cotizaciones.
Pero presta atención a esto. Esto se podría paliar haciendo un gran esfuerzo tecnológico que automatizase y robotizase la economía, de manera que cada vez menos personas pudiesen producir más. Sin embargo, no se está haciendo, ya que las prioridades son más bien dar beneficios a ciertos votantes a corto plazo que desarrollar el poder adquisitivo, el bienestar y el interés general a medio y largo plazo.
Ello causa que en algunos países haya demasiado endeudamiento, lo que genera otro malgasto adicional: los intereses de la deuda. Esta puede ayudar al crecimiento económico en tiempos de crisis o si se destina a inversiones suficientemente rentables. Pero cuando se dedica al consumo frena el crecimiento de la renta per cápita.
A este cóctel súmale una sobrerregulación poco orientada a la generación de riqueza. Y la misma afecta negativamente, entre otros, a la iniciativa empresarial, a tener energía a precios competitivos o a la construcción de suficientes viviendas. Esto último limita considerablemente al bienestar, sobre todo de los jóvenes y personas con bajos ingresos.
El afán intervencionista es tal que hay más preocupación en regular la innovación que en fomentarla. Por tanto, ¿acaso te extraña que hayamos perdido la carrera tecnológica frente a Estados Unidos y China?
Ten muy en cuenta que la investigación y el desarrollo no solo mejoran el poder adquisitivo, sino que algunas innovaciones, sobre todo en el campo de la neurociencia, quitan o reducen ciertos tipos de sufrimientos. La inversión en investigación en este campo es fundamental para maximizar la felicidad.
Pero es que, además, al haber normativas diferentes en cada país europeo y una obsesión por los idiomas locales en vez de promover el inglés, ello genera una fragmentación del mercado europeo en vez de un mercado único. Y eso frena el crecimiento de las empresas.
¿Eso es todo? ¡Qué va! Porque resulta que también hay menos espíritu emprendedor e innovador que en Estados Unidos o China.
Sin embargo, a todo ese cóctel, ya de por sí explosivo, añádele una inadecuada gestión de la inmigración. Es cierto que la misma ha atraído a talento que ha venido a aportar y enriquecer. Es más, el mismo es necesario para que los países puedan seguir funcionando bien. Y, de hecho, puede incluso aumentar el bienestar de la sociedad.
No obstante, la falta de filtros suficientemente rigurosos, como sí los hay en países como Australia, Nueva Zelanda o Singapur, también ha sido un imán para personas que han venido a restar en vez de sumar. Es el caso de delincuentes que han hecho aumentar en algunas zonas los delitos de robo o de violencia. Y también están los que han hecho incrementar las agresiones sexuales, a veces cometidas en grupo, porque los victimizadores consideran que la mujer que no viste de forma recatada ha perdido su honra y dignidad, por lo que no merece respeto, sino ser violada y agredida. Todo esto es muy dañino, genera inseguridad y choca frontalmente con la regla de oro para construir una sociedad feliz: vivir sin dañar a nadie, a ningún ser sintiente. ¿La única excepción? La legítima defensa, pero siempre contra el agresor y nunca contra un inocente.
Pero hay otro tipo de inmigrantes peligrosos que también rompen este principio. Son los procedentes de culturas muy diferentes que quieren imponer normas religiosas contrarias a nuestros derechos y libertades. Son los que están a favor de matar, encarcelar o hacer daño de otras maneras a los homosexuales, a los que dejan el islam o los que critican esa religión. Son los que creen que hay que pegar a las mujeres que no obedecen a sus maridos o que hay que asesinar, agredir o castigar de otras formas a las mujeres libres o en general a los que no siguen los dogmas.
Y un tercer grupo de inmigrantes que rompen la norma de oro son los llamados “turistas del estado del bienestar”, es decir, los que no han venido a trabajar, sino a vivir de las ayudas públicas. ¿Por qué rompen el principio de vivir sin dañar? Porque en realidad están robando a otros el dinero que tanto esfuerzo les cuesta ganar.
Por si fuera poco, el buenismo cómplice con estas personas lleva a que no se las suele expulsar.
Pero es que, además, la inmigración masiva en poco tiempo en ciertas zonas de Europa ha provocado una saturación de la sanidad, educación y otros servicios.
¿La consecuencia de todo lo anterior? Degradación de ciertos lugares, deterioro del estado del bienestar, cambio demográfico y cultural negativo y reducción de la confianza social. Y todo ello provoca una caída del bienestar.
No es de extrañar que cada vez más europeos occidentales, sobre todo jóvenes cualificados, emigren a países como Estados Unidos, Suiza o Australia.
Pero aún hay más, ya que cada vez dedicamos más tiempo a las redes sociales a costa de reducir las relaciones presenciales, lo que genera soledad.
Y también está la creciente comparación en esas redes sociales con vidas supuestamente “perfectas” que realmente no son tales, pero que nos hacen sentir desgraciados.
Sin embargo, es posible que todavía haya más causas que provoquen la caída del bienestar en Europa Occidental. Dinos en tus comentarios cuáles crees que son y las analizaremos.
Ahora bien, ¿todo lo anterior quiere decir que estamos condenados seguir reduciendo nuestro bienestar? No, siempre que en vez de quedarnos observando de brazos cruzados cómo aumenta ese deterioro, nos pongamos manos a la obra para revertir todo lo anterior.
¿Cómo? Concienciando a otros ciudadanos, hablando sobre estos temas, compartiendo este artículo y votando a partidos políticos que reviertan las tendencias anteriores.
Y recuerda: La felicidad de una sociedad no se pierde de golpe: se erosiona poco a poco… y solo se recupera cuando dejamos de mirar hacia otro lado y empezamos a hacernos responsables del futuro que estamos construyendo.