¡NO DAÑEMOS!: EVITEMOS LA PRISIÓN EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE

Por otro lado, la privación de la libertad en una prisión es un castigo duro y cruel, aparte de que conlleva el riesgo de que los infractores luego no puedan reinsertarse en el mercado laboral y la sociedad. Además, está demostrado que no sirve para evitar la reincidencia en los crímenes por parte de los reos que salen de la cárcel. Por todo ello convendría limitarla a lo estricto y necesario: sólo para cuando haya el riesgo de que el criminal vuelva a causar daños grandes o para reincidentes en agravios de tipo mediano o pequeño, así como cuando la reparación sea imposible sin el internamiento.

Por ejemplo, es injusto encarcelar a alguien que no haya hecho daño a nadie, como en caso fraude fiscal, laboral o vender en el extranjero una obra de arte que le pertenece, por mucho que sea contrario a la ley.

Sigamos el ejemplo de Alemania, que ha ido reduciendo mucho el número de presos a lo largo de los últimos años, hasta el punto de que en la actualidad el 80% de condenas son pecuniarias. Del 20% restantes la mayoría de los condenados están en libertad condicional, por lo que el porcentaje de infractores que realmente van a la cárcel es muy pequeño.

Por otro lado, conviene que la cárcel reúna condiciones dignas, lo más parecidas posibles a la vida real, como sucede en Noruega, donde los presos disfrutan de bastantes libertades, como moverse libremente por una isla en bici o caminando o ir a la playa, así como seguir formándose (incluso con titulación oficial) o hacer clases de fitness o yoga junto a sus carceleros. Y todo ello es efectivo para evitar la reincidencia, ya que este país escandinavo tiene una de las tasas más bajas del mundo (20%).

Eso sí, lo justo es que el coste de mantener a los reclusos, sobre todo cuando gozan de condiciones orientadas a su calidad de vida, lo asuman ellos mismos con su patrimonio y/o horas de trabajo. No es justo que ese gasto lo tengan que asumir los contribuyentes, ya que éstos no son unos siervos que deban estar obligados que trabajar gratuitamente parte de su tiempo para mantener a personas que pueden trabajar, como sucedía en la época de la esclavitud o la servitud de gleba. Es más, ello sería una falta de respeto hacia la víctimas, que además de tener que sufrir el agravio tendría que pagar para que su victimizador pueda vivir sin trabajar (además de cornuda son apaleada). Además, el que los presos se mantengan laboralmente activos les ayudará a su inserción en el mundo laboral cuando salgan de la prisión.

En las prisiones en que residan y trabajen los victimizadores conviene no sólo que haya las mejores condiciones posibles, con suficiente espacio y vegetación, sino incluso dar la posibilidad de vivir en habitaciones o apartamentos individuales o compartidos de diferentes tamaños a diferentes precios, así como oferta lúdica, deportiva y cultural. Todo ello pensado para que puedan satisfacer diferentes tipos de necesidades y puedan tener una vida lo más feliz posible, a diferencia de la prisión tradicional, cuyo fin es castigar, causando daños emocionales a los condenados como escarmiento para desincentivar el incumplimiento de la ley.

Si un internado victimiza a los demás, lo justo es aislarlo, ya que no conviene que una cárcel se convierta en un infierno en que los psicópatas victimicen a sus anchas a quien quiera.

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