¡NO DAÑEMOS!: CUESTIONEMOS LAS NARRATIVAS NACIONALISTAS CAUSANTES DE CONFLICTOS

El ultranacionalismo ha causado muchos sufrimientos a lo largo de la historia, y los siguen causando…leer más.  

Todos esos daños se podrían evitar si la gente se cuestionase las doctrinas identitarias sobre las cuales se sustentan los nacionalismos, ya que las mismas en vez de unir, separan a las personas en grupos nacionales o étnicos y son la causa de guerras y conflictos entre ellos.

De forma objetiva lo que hay son individuos y estados, los cuales han cambiado sus fronteras mucho a lo largo de la historia y probablemente lo seguirán haciendo. Es más, bastantes han desaparecido y otros se han creado. (Leer ¡NO DAÑEMOS!: Respetemos el derecho de autodeterminación

En cambio, el concepto de nación es una construcción humana, al igual que los dogmas religiosos o las doctrinas ideológicas.

Si viene un extraterrestre podrá ver y tocar personas, animales, árboles, montañas y mares. También podrá darse cuenta de que hay estados con gobiernos y otras instituciones.

Pero no podrá tocar ni ver ninguna nación, ya que no existen como realidades objetivas, sino como creencias subjetivas.

El sentimiento de identidad nacional sí que es algo objetivo, como todos los sentimientos, pudiéndose incluso observar en el cerebro mediante escáneres, pero no las naciones como tales.

Una prueba de dicha subjetividad es que en ocasiones existentes diferentes narrativas paralelas para decirnos a qué grupo pertenecemos. Por ejemplo, a los que hemos nacido Cataluña española nos intentan aplicar diferentes relatos.

Los nacionalistas catalanes nos dicen que somos parte de la nación catalana fundada por el conde de Barcelona Guifré el Pilós, que nos independizó de Francia, en aquella época llamada Frankia o el Reino de los Francos. En realidad, dicho conde, que era un simple funcionario, un gobernador de una provincia durante un tiempo limitado hasta el rey decidiese cambiarlo por otro, aprovechó que éste estaba desbordado por las invasiones vikingas para apropiarse de toda esa provincia y darla en herencia a sus hijos.

Ello sucedió en bastantes condados del reino, dando lugar al feudalismo. Este fenómeno típico de Europa Occidental los nacionalistas catalanes lo han convertido en un mito fundacional, ya que toda patria necesita un origen.

Una versión ampliada de la doctrina catalanista es que nuestra nación son los Países Catalanes, conquistados la mayor parte de ellos por Jaume I el Conqueridor, en los que se hablan catalán, como las islas Baleares y Valencia.

En realidad, estos relatos se crearon bastante recientemente, ya que hasta el siglo XIX se consideraba la cultura catalana como una parte más de la occitana, que incluye la mitad sur de Francia, desde el río Loira hasta el Condado de Barcelona (y con la reconquista iría bajando hasta Alicante y durante una época incluso Murcia) y desde el Atlántico hasta la parte occidental de Italia.

Era la zona que había pertenecido primero al Imperio Romano, luego al Reino de los Visigodos y más tarde al Reino de los Francos, por lo que se dio una confluencia cultural y forjó una identidad étnica propia. Y de hecho desde la Edad Media hasta el siglo XIX al catalán se lo llamaba lemosín o lengua lemosina, que hace referencia a una región del centro de Francia.

Y en ese siglo, el movimiento de la Renaixença catalana iba de la mano de la Renaixença provenzal, estando federados en un resurgimiento cultural y nacional que hizo revivir la lengua, literatura e identidad nacional de Cataluña, Provenza y, por extensión, del resto de países catalano-occitanos. En aquella época predominaba la idea de una sola lengua con diferentes variedades que se extendía desde Limoges a Alicante.

Si ello cambió fue principalmente por cuestiones políticas, ya que en Francia la Renaixença era un movimiento conservador que mantenía su vocación meramente cultural sin cuestionar la identidad francesa, mientras que en la Barcelona industrial de finales del siglo XIX una parte de él evolucionó hacia una corriente política nacionalista y reivindicativa.

Ello y el retroceso de la lengua lemosina en Francia, y la desvalorización de esta como un simple “patois” hablado por campesinos, llevó a los nacionalistas catalanes de nuevo cuño a desvincularse del panoccitanismo. Primero empezaron a convencer a la gente de que a la lengua no la llamasen lemosín sino catalán. El pancatalanismo fue comiendo terreno al panoccitanismo y venció en el manifiesto de 1934 “Desviaciones en el concepto de lengua y patria”, fuertemente ideológico y con poco rigor científico, que afirmó que los Países Catalanes y Occitania son dos naciones diferentes con dos lenguas diferentes. Fue a partir de ese momento que se impusieron las doctrinas nacionales explicadas anteriormente.

Pero la multiplicidad de relatos no acaba ahí, ya que también hay la versión de que la región de Valencia no forma parte de los Países Catalanes y que su lengua es diferente al catalán.

Por otro lado, los nacionalistas españoles dicen que nuestra patria es España, creada por el caudillo asturiano Don Pelayo, que inició la Reconquista, y culminada con los Reyes Católicos, que la finalizaron, otro mito fundacional, y que Cataluña es una región de la misma y no una nación.

Por si no tuviésemos suficientes construcciones nacionales con todo lo anterior, hay que añadir otra que se aplica a los que han nacido en la Cataluña francesa, el Rosellón, a los que los nacionalistas franceses les dicen que su nación es Francia porque han nacido en el hexágono que desde tiempos inmemoriales estaba poblado por los galos y que fue conquistado por los francos, los fundadores del estado francés.

Pero la realidad es que la forma del hexágono es bastante reciente y el dibujo de las fronteras del estado francés ha variado mucho a lo largo de los siglos.

Por otro lado, lo de los galos es un mito fundacional más, ya que éstos eran simplemente tribus con lengua y cultura celta, que se extendía desde Irlanda hasta Turquía y desde Alemania hasta el sur de Portugal. Por tanto, no era un elemento típicamente francés, sino propio de buena parte de Europa durante varios siglos. Y no era tanto un pueblo que se expandió por Europa sustituyendo a los otros, sino una cultura exitosa que se difundió, como más tarde sería la romana o en la actualidad la anglosajona.

Pero es que, además, en lo que los romanos llamaban la Galia, había otras etnias aparte de los celtas, como los vascos desde Burdeos y Toulouse hasta el Ebro, los íberos en el Languedoc, los ligures en la Provenza, germanos en el nordeste o diferentes pueblos en Córcega.

Y con lo de los francos (que dieron el nombre a Francia) sucede tres cuartos de lo mismo, ya que éstos conquistaron bajo las órdenes de su rey/emperador Carlomagno buena parte de Europa Occidental y Central, creando un imperio no francés, sino europeo.

Y hablando de Carlomagno, la cosa se complica más todavía porque los nacionalistas catalanes consideran al microestado de Andorra como parte de los Países Catalanes, ya que la lengua oficial del mismo es el catalán. Pero resulta que la narrativa andorrana es la opuesta a la de los nacionalistas catalanes, ya que para éstos el hecho fundacional de Cataluña fue cuando el conde de Barcelona dejó de prestar vasallaje a los reyes francos, mientras que para los andorranos el hecho fundacional es la conquista de su territorio por los francos, concretamente por su rey Carlomagno.

Y, de nuevo, es un relato poco riguroso, como suele suceder con las narrativas nacionales. Prueba de ello es que es muy diferente a las existentes a los territorios que la circundan al pequeño principado de Andorra a pesar de que todos ellos comparten la mayor parte de su historia, lengua (con variaciones) y ancestros.

Carlomagno fue tan conquistador de Andorra como de todos esos territorios, así como de buena parte de Europa, pero en algunos lugares se le ha considerado fundador (como en Francia y Alemania, donde le llaman Carlos el Grande) y en otro no, como en la Cataluña española o el norte de Italia.

Según el relato nacional andorrano, Carlomagno fue el Padre Fundador que les dio la independencia, pero los conquistadores imperialistas no hacen el esfuerzo de invadir territorios para luego darles la independencia, sino que los someten bajo su dominio.

De hecho, estudios recientes han confirmado que esa leyenda fundacional es falsa. La realidad fue que los valles andorranos pasaron de un imperio (el califato islámico) a otro (el franco). El origen de la independencia andorrana tuvo lugar siglos más tardes, como consecuencia de un acuerdo entre el conde de Foix y el obispo de Urgell.

Pero es que además de todos los relatos anteriores, podrían existir muchos más, como el de la Unión Europea (que de hecho cada vez coge más fuerza como narrativa paralela a las otras), Europa, Occidente, los pueblos de raza blanca, Iberia, el pan-hispanismo, todos los países de con idiomas latinos, los que formaron parte del antiguo Imperio Romano, el Reino de los Visigodos, el Reino de los Francos y un largo etcétera.

Y para complicar más las cosas, resulta que la doctrina nacionalista catalana se pretende aplicar a una población que procede mayoritariamente del resto de España y otros países de Europa, Latinoamérica, África y Asia, ya que los catalanes descendientes de familias autóctonas somos una minoría en nuestra tierra.

Supongo que con tantas doctrinas los lectores deben sentirse algo confuso y algunos se preguntarán ¿de todas ellas cuál es la más correcta?

Todas ellas son meros constructos mentales creados por ciertas personas concretas en momentos concretos de la historia.

La visión más acertada de la realidad objetiva es que tanto en Cataluña como en el resto del planeta lo que hay son estados y regiones, creencias y sentimientos identitarios y sobre todo un gran número de individuos (humanos y no humanos), con diferencias y similitudes entre ellos con independencia de su origen o grupo con el que se identifiquen.

En vez de obsesionarnos con supuestas naciones, mejor centrémonos en proteger al individuo (independientemente de su nacionalidad, etnia, raza o incluso especie), en defender sus derechos y libertades y en promover su bienestar y felicidad.

Para conseguir un mundo mejor es preferible difuminar las fronteras identitarias a colocar muros mentales que nos separen a los unos de los otros e incluso en ocasiones nos impulsen al odio y la agresión. Es más útil para todos extender puentes que alambradas psicológicas.

Si queremos poner distancias emocionales, que sea hacia los que se destacan por hacer daño a los demás, pero nunca hacia buenas personas.

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