¡NO DAÑEMOS!: CUIDADO CON LA SEMILLA DEL MAL CONTENIDA EN LOS ESCRITOS DE MARX

Hay quien dice que la causa del fracaso del comunismo realmente existente es que no ha aplicado bien las teorías de Marx y que lo que hay que hacer es ponerlas en práctica de forma correcta. Sin embargo, la realidad es que el origen de los grandes sufrimientos e injusticias causadas por el Comunismo está en los propios libros de Marx. Ahí es donde hay que buscar la raíz de ese gran árbol con diferentes ramas ideológicas del comunismo y similares.

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Aunque probablemente sí sea cierto lo que dicen algunos de que tanto Marx cono Engels creían bienintencionadamente que la aventura comunista terminaría con un final mucho más feliz de lo que ha acabado siendo en la realidad, pusieron las bases principales para el purgatorio (cuando no un auténtico infierno) que acabó siendo el Comunismo. Dos de esas bases son la lucha de clases (frente a cooperación mutuamente beneficiosa entre empleadores y empleados, proveedores y clientes) y la revolución violenta para conseguir el poder (frente al voto en las urnas). De hecho, Marx tenía muy buenos conocimientos de historia y por tanto estaba bien informado sobre la época del Terror y del Gran Terror de la Revolución Francesa, revolución en la que se inspiró para su revolución comunista. Por ello sabía que en las revoluciones violentas, sobre todo cuando una minoría quiere imponerse a la mayoría, pueden haber asesinatos, torturas, privación de libertad y otro tipo de sufrimientos causados a inocentes. Por consiguiente, los escritos de Marx son una apología del crimen.

Además, defendió la dictadura del proletariado (frente a una democracia que represente a todo el pueblo), el robo de la propiedad privada (frente a la protección de la propiedad obtenida de forma honrada) y la imposición y autoritarismo (frente a la libertad individual). De hecho, alabó la revolución Taiping que tuvo lugar en China en su época, una revolución al mismo tiempo comunista y cristiana que prometía una paraíso en la tierra y acabó resultando un despotismo insoportable en que se aplicaban unas varias de medir muy diferentes a los dirigentes que a la mayoría de sometidos.

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Otra de las injusticias predicadas por Marx es el robo del beneficio a los empresarios, que es como quitar el salario a los trabajadores, las rentas de alquiler a los arrendadores o los honorarios a un profesional por los servicios prestados. Tantas horas de estudio en la biblioteca central de Londres para hacer afirmaciones que chocan contra la lógica más elemental: que la plusvalía (el beneficio o margen de beneficio) de los capitalistas (empresarios) es un robo de éstos a los trabajadores, a los que debería corresponder.

Ello es absurdo, ya que si alguien invierte su dinero en una empresa le corresponde el beneficio que genere, pues la empresa le pertenece a él y no a los empleados. Si le quitan el derecho a ese beneficio, ¿qué sentido tendría crear empresas e invertir o reinvertir en las mismas? Si constituir una empresa sólo tiene inconvenientes (inviertes tus ahorros y asumes riesgos pero no ganas nada, aparte del estrés, esfuerzo y preocupación que sufres para que la empresa funcione, etc.) pero ninguna ventaja, ¿quién va a crear y mantener empresas? ¿Qué sentido tendría cultivar trigo y después de la cosecha se te llevasen el grano?

No sólo predicó el robo, sino también el odio injusto al empresario y al propietario. La base de ese odio es la idea difamatoria de que el capitalista se lucra a costa del trabajador y lo explota. El empresario exitoso se lucra sí (y como normalmente ese lucro lo ahorra y reinvierte su patrimonio suele ir en aumento), pero como consecuencia de crear una empresa y gestionarla bien. Para ello necesita relaciones de intercambio con empleados, proveedores y clientes, relaciones en las que todos ganan y por ello acceden libremente a las mismas. Se basan en toma y daca y no en el expolio de lo ajeno, a diferencia de lo que propone Marx.

Y el margen de beneficio que obtienen la mayoría de empresarios (tanto en hoy en día como en el siglo XIX) es ajustado debido a la competencia que hay en la mayoría de mercados, ya que quien pretenda aumentar su margen por encima de lo razonable se queda rápidamente fuera de mercado y tiene que cerrar. Si lo hace a base de aumentar precios se queda sin clientes y si lo intenta a base de reducir costes se queda sin proveedores y trabajadores. Sólo las empresas monopólicas u oligopólicas pueden obtener grandes márgenes mientras pagan a sus empleados sueldos ajustados. Parece sorprendente que Marx, que procesó tantos datos y estadísticas, no transmitiese en sus libros estas realidades básicas propias de los mercados en que hay competencia, ya sea en el siglo XIV o en el siglo XXI.

Y no es que la mayoría de empresarios sean ningunos angelitos, pero si no lo son no es porque sean empresarios, sino por ser homo sapiens, que es una especie con una marcada tendencia abusiva que lleva en su ADN. Pero probablemente la abusividad en el colectivo de los empresarios y especialmente de los emprendedores es menor que en el conjunto del género humano, ya que tienen un modus operandi orientado a obtener riqueza generándola (con el trabajo, ahorro, inversión, emprendimiento, innovación, formación, ofreciendo productos y servicios con una buena relación precio-calidad, etc.), a diferencia de los que tienen un modus operandi orientado a obtener riqueza quitándola a los demás.

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Por ello el sistema capitalista orientado hacia la creación de riqueza es mucho más honrado (a pesar de los innegables abusos que tienen lugar dentro del mismo) que la mayoría de sistemas que han existido en la historia, como los cacicazgos del neolítico que se atacaban los unos a los otros para robarse las tierras y las mujeres o los posteriores sistemas esclavistas, feudales, monarquías del antiguo régimen, estados imperialistas y, en menor medida, comunistas. Todos estos están basados normalmente en la ley del más fuerte, en el sometimiento y explotación de los más débiles por parte de los más matones y poderosos, así como opresores y violadores de los derechos humanos. Y, además, el sistema capitalista (al menos el moderado) es de los pocos que no explotan, ya que es de los pocos en que las relaciones laborales son libremente consentidas y sobre una base win-win en que todos ganan: tú me prestas un servicio y yo a cambio te doy un sueldo, generalmente en condiciones de mercado. En el capitalismo los bienes materiales se compran, a diferencia de los sistemas antes mencionados, en que principalmente se arrebatan de forma violenta.

Marx ya hizo uso de la difamación, manipulación y mentira tan propio de los regímenes de extrema izquierda (como también de los de extrema derecha como hacía Goebels en la Alemana nazi), fomentando injustamente el odio a la burguesía del mismo modo que Hitler y Mussolini lo hacían con los judíos, siendo la causa de un gran sufrimiento a muchas víctimas inocentes. Y no sólo hablo de asesinatos y atrocidades a la clase alta, sino sobre todo a millones de personas de clase media y campesinos normales (no latifundistas) que cultivaban su propio trozo de tierra del que eran unos repugnantes propietarios (pequeños propietarios). Como buen villano, Marx también tenía sus chivos expiatorios.

La manipulación propia de Marx se refleja en ese lema que tanto han repetido él y sus seguidores: “Los proletarios no tienen nada que perder aparte de sus cadenas”. Es el mundo al revés, porque en los países capitalistas cada vez más libres en los que vivió Marx (Alemania, Francia, Bélgica y Gran Bretaña) los trabajadores tenían una libertad creciente que les permitía, entre otras cosas, cambiar de empresa si no les apetecía donde trabajaban, montar su propio taller o tienda si no querían trabajar para los demás o emigrar a otro país si no les gustaba donde vivían. Y de hecho millones se fueron a América, donde les regalaban considerables extensiones de tierra, consiguiendo una cierta prosperidad e independencia. Y justamente esas libertades de los proletarios fueron abolidas por las diferentes “dictaduras del proletariado” predicadas por Marx, atándolos con cadenas en vez de quitárselas.

Por si todo lo anterior fuera poco, con Marx y Engels comenzaron también los dobles estándares tan típicos de todos sistemas comunistas y similares. Al mismo tiempo que Marx criticaba a la burguesía y la convertía en una cabeza de turco culpable de todos los males del proletariado, tanto Marx como Engels vivieron como burgueses tan pronto como sus ingresos se lo permitieron. Durante años a Marx no le quedó más remedio que sobrevivir como un proletario en el Soho de Londres, en aquella época un barrio pobre. Y de hecho se le murió algún hijo por falta de atención médica, porque Marx antepuso sus ambiciones político-intelectuales a sus responsabilidades como padre. Pero cuando recibió dinero de Engels y de una herencia rápidamente se mudó a una casa acomodada en un barrio elegante de Londres, donde tenía un estilo vida de burgués. Y lo mismo hizo Engels, que se codeaba con aristócratas alemanes que residían en Manchester.

Ya sentaron las bases de la típica hipocresía comunista consistente en predicar la igualdad, pero vivir de manera desigual y privilegiada cuando se puede. Ahí empezó la clásica Ley del Embudo Comunista, ancho para sus dirigentes y estrecho para el pueblo. La han aplicado una y otra vez todos o la mayor parte de mandos altos e intermedios de todos los regímenes comunistas y similares, como la mansión de los Ceauscescu, que se puede visitar en Bucarest o los guerrilleros sandinistas de Nicaragua, que expropiaban propiedades para acto seguido ponérselas a su nombre particular.

O, mucho más cerca, en el espacio y el tiempo, tenemos a Pablo Iglesias e Irene Montero, que predican la igualdad, pero que no renunciaron a sus sueldazos enormemente desiguales a los de la clase trabajadora y que se compraron el casoplón que en España casi todos conocemos. O Yolanda Díaz, otra predicadora de la igualdad que tampoco ha renunciado a su supersueldo desigual ni tampoco al ático de 443 m2 en el privilegiado barrio del Retiro de Madrid que le corresponde como Ministra de Trabajo. Podría haber renunciado a ello para irse a vivir a un pisito de 50 m2 en Getafe o Fuenlabrada y así vivir igual que la clase trabajadora a la que supuestamente defiende, pero el modus operandi real de la mayoría de dirigentes comunistas o de corte similar es el que es.

Otra hipocresía de Marx que heredarían parte de sus seguidores es llamar explotadores a los empleadores burgueses a pesar de que sus relaciones con sus trabajadores eran libremente consentidas y mutuamente beneficiosas, pues les pagaban un salario, mientras que Marx, en cambio, nunca pagó nada a su sirvienta Helene Demuth. Y ello no sólo cuando era pobre y vivía en el Soho, sino tampoco cuando vivía como un rico burgués. Esa pauta sería copiada por grandes líderes comunistas como Stalin, Mao o Pol Pot, que convirtieron al grueso de la población en siervos del estado, mucho peor remunerados y con mucho peor nivel de vida (incluso millones en régimen de esclavitud y también millones de personas sin lo básico para sobrevivir, muriéndose literalmente de hambre) que en las democracias liberales capitalistas.

A pesar de todo ello, este ideólogo sigue teniendo decenas de millones de seguidores en todo el mundo.

¡Ayúdales a que abran los ojos!

Gracias por compartir para conseguirlo,

 Xavier Paya 

Iniciativa ¡NO DAÑES!

www.institutodelbienestar.com

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